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Educar a un a un gato es una misión complicada, pero no, imposible. En mi humilde experiencia, como mami de Pichito durante toda su vida, y ahora de Canelito y Barriguito he aprendido algunas normas básicas. Los primeros días de la llegada de los gatetes son fundamentales. Es cuando, como en cualquier relación, se están definiendo los límites. Luego, con el paso del tiempo es difícil cambiar esos malos hábitos.

Por ejemplo,  a  Pichito lo enseñamos, sin querer, a jugar con las manos y a morder. Al principio, era muy divertido, pero, cuando fue creciendo arañaba, y atacaba a cualquiera que se le pusiera por delante. Sin embargo, como ya habíamos aprendido la lección,   con estos hermanitos, jamás, hemos jugado con ellos con nuestras manos. Es más, nunca nos han arañado, y por supuesto, no nos han clavado sus colmillitos draculines.

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Por otro lado, Pichito,   desde la primera noche, se metió en la cama con nosotros, y como no hicimos nada, ya nunca conseguimos echarlo.  Al menos,  con Canelito y Barriguito tuvimos la intención. La primera noche los metimos en su cesto, y en vez de dejarlos fuera de la habitación, y con la puerta cerrada, los puse en el suelo, en mi lado de la cama. Como estaban asustados, de allí no se movieron.

Al día siguiente, ya estaban más confiados, y salieron de su cesto, pero como eran tan chiquitos, no lograban subirse a la cama.  Como yo soy una experta en malcriarlos, a la tercera noche, les facilité la conquista. Les puse cojines para que llegarán. Digamos que les indiqué el camino. En el fondo, sé que fue porque echaba tanto de menos  dormir con Pichito. De algún modo quería volver a despertarme con la presencia de un gato. Para mí, es la mejor manera de empezar el día.  La diferencia es que ahora   era consciente de que lo estaba haciendo, y decidí dejarlos. Ya no habrá marcha atrás. Si cambio de opinión, y no quiero que duerman con nosotros, tendré que escuchar maullidos incesantes durante toda  la noche, que acabarán con mi paciencia y   la de  mis vecinos. Para al final,  por no escucharlos, abriré la puerta,  y otra vez, descansarán en la cama.

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Lo que quiero decir con todo esto es que  los  papis humanos somos los que tenemos que marcar los límites, y saber que estamos dispuestos a consentir y lo que no.  Si tenemos claro que no queremos que hagan algo, como subirse a la encimera de la cocina, la primera vez que los veamos, hay que quitarlos. En mi criterio sin aspavientos, ni gritos,  para que no nos tengan miedo.  Simplemente, con paciencia. Cada vez que lo veamos,  lo quitamos hasta que aprendan que no les va a servir de nada subirse, porque lo vamos a echar.Tampoco, ayudará que si te hacen una trastada a las 3 horas les regañes. No sabrán la razón de tu enfado.

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Ningún gato gasta energía en algo que no le reporta ningún beneficio, y por supuesto, ni Canelito ni Barriguito. Sé que saben su nombre, y siguiendo esta lógica gatuna, si los llamas vendrán o no en función de que les interese. Por ejemplo, si lo llamo desde la cocina, aparece  antes de que termine de decir Caneeé. Piensa que posiblemente lo esté avisando para darle su comida blandita. Y si lo llamo desde el pasillo de entrada del piso, y él está en el rellano, pasará de  mí. Porque sabe que si viene cerraré la puerta, y él no quiere entrar todavía.

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Tengo la impresión de que ellos aprenden por asociación. Aunque no puedan recordar exactamente lo que pasó, si les queda el recuerdo de una experiencia placentera o no. Así, Pichito cuando veía el transportín se escondía debajo de la cama y nos  costaba la misma vida meterlo dentro. Lo asociaba a que cuando lo metíamos era porque estaba enfermo, y por tanto, iba al veterinario o bien a un largo viaje. El pobre se mareaba en el coche, y lo pasaba fatal. Sin embargo, Canelito y Barriguito, por fortuna, no se han enfermado nunca, ni tampoco, han tenido que hacer ningún traslado a otra ciudad. Incluso, los transportines están en un rincón del salón, y muchas veces, jugamos en él hasta el punto de que ellos solos se meten dentro. No lo asocian a nada negativo, más bien, a un juego.

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Finalmente, insistir en que no hay  que recurrir jamás a los castigos físicos. Únicamente conseguiremos que nos tengan miedo, nos rehuirán y no nos dejarán disfrutar de su compañía y afecto. Perderemos su confianza. Recuerda que para ellos somos su mundo,  nos observan las 24 horas del día, los 365 días del año. Por lo que simplemente con el tono con el que nos dirigimos a ellos, saben si estamos contentos  con su comportamiento o no.

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