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Lo teníamos que haber hecho antes. Es la conclusión que sacamos en casa, ante la castración de  Canelito  y Barriguito. El pasado jueves visitaron al veterinario para esta sencilla intervención. Una operación, que en cierto modo nos preocupaba y mucho. Y la verdad, no había motivo para ello.

Tenían que estar 12 horas mínimo  antes sin comer, y unos 9 horas sin beber. Es decir,   si la cita era a las 11.30 de la mañana,   sobre las nueve y media le quitamos el pienso. Como no tenían hambre, y sabiendo que la noche iba a ser larga,  sinceramente, los atiborré de chuches gatunas, que para eso, siempre están dispuestos. Aunque, con algo de cabeza, les dí una lata de comida blanda, que es un reconstituyente para gatos que comen poquito, por diversas causas. Así, que ya estaban preparados para aguantar sin  tomar nada tantas horas. De esta forma, cuando salieran de la anestesia tendrían el estómago vacío, y no vomitarían.

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Sinceramente, temía que Canelito que es muy mandón le entrará hambre, y me reclamará pienso. Pero, tuvimos suerte, y cuando iba a la cocina y veía que no había comida en su cacharro, se volvía, sin pedirla. Primera prueba superada. A la mañana siguiente, Canelito jugando con él, solito entró en el transportín. Sin embargo, con Barriguito tuvimos que tener más paciencia, y al final, lo obligamos a entrar.

Llegamos al veterinario, los ayudé a pesarlos, porque en función del peso, se calcula la anestesia, y los dejé en la clínica. Sorpresa y confirmación de una sospecha. Canelito y Barriguito no serán gatos grandes. Tan sólo pesan cuatro kilos y medio, con un año y un mes.  Acostumbrada a Pichito, que pesaba 8 kilos, a estos hermanitos siempre los he visto muy chiquitos. Y ahora  sé que no era amor de madre, sino un dato objetivo.

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En 20 minutos, ya me estaban llamando para que en otros 20 minutos, fuera a recogerlos: despiertos y fuera de peligro. Nunca pensé que fuera tan rápida esta operación. Cuando regresamos a casa, Canelito y Barriguito estaban todavía algo borrachines, sobretodo, las patas traseras daba la sensación que las tenían como  dormidas, porque cuando intentaban caminar, se tambaleaban y ladeaban. Canelito, como siempre, no paraba.  Se cayó más de una vez al suelo, porque quería saltar y no podía. En una hora  larga, ya controlaban perfectamente sus movimientos. Es más, nada más llegar hicieron pis en un su arenero. Incluso, después del ayuno, ambos vomitaron. Estaban eliminando la anestesia. A las tres de la tarde, estaban comiendo como campeones. Se echaron una buena siesta, y a la seis de la tarde, directamente, parecía que no les habían hecho nada.

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Ahora, durante los próximos diez días, tienen que tomar un antibiótico, para evitar cualquier infección. De nuevo, otra sorpresa. Con lo difícil que es darle una pastilla a un gato, en este caso es hasta divertido. Cojo la pastilla, con dos cucharitas del café la machaco hasta que se queda hecha polvo, y la mezclo con su comida blandita preferida. Una crema que venden en un  supermercado de origen valenciano, que lleva biotina e inulina. Como les gusta tanto, prácticamente,  la devoran.   Tengo que estar al loro para que Canelito que es muy rápido comiendo  no meta la cabeza en el plato de su hermano, y acabe tomándose, también, la pastilla de Barriguito.

Y aunque han pasado muy pocos días, ya he notado los efectos de la operación. Como ya no están preocupados por buscar novia han vuelto a ser bebés. Tan sólo piensan en jugar. De hecho, Canelito que tenía las hormonas sexuales muy disparadas, y casi no jugaba, no para de pegar carreras tras un papelito. De hecho, cada día amanece el piso como si un ejército de papelitos nos hubieran invadido. En conclusión, no hay que tener miedo ni ninguna reticencia. Es lo mejor que podemos hacer por ellos.

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