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No hay duda el  calor  ha llegado, y con él, algunas precauciones para que nuestros gatos pasen un estupendo verano. Lo sé porque Canelito y Barriguito se pasan el día tirados en el suelo, buscando un lugar estratégico donde les dé una ligera corriente de aire. Están casi todo el tiempo durmiendo, y cuando llega la noche, el fresquito, se espabilan y entonces, les da la locura de querer jugar  sin parar hasta el punto que cuando estamos en la cama nos muerden los pies, y sigues sin hacerle caso,   intensifican su ataque, y te tiran bocados en el culete.

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Los gatos suelen tolerar mal el calor, porque tienen pocos mecanismos para combatirlo. Únicamente pueden sudar por las almohadillas de sus patas  y lamerse con mayor frecuencia para intentar bajar su temperatura, pero, nada más. A parte por sus propios hábitos de vida necesitamos que en verano pongamos un poco más de atención en sus cuidados, por ejemplo, con su comida.

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Así que, ya sabéis cuidado con las ventanas y balcones, porque en un descuido se pueden caer. Pero, además, ojo con los sobrecitos de comida húmeda, con el calor fuera de la nevera, se estropean antes, y esto puede provocarles algún problema intestinal. Y si es pienso, se pone rancio  antes. Obviamente, échale poca cantidad en su comedero, y de esta manera, evitaremos esta situación. Porque como no le gusta, con lo delicados que son, no comerán. Y con el agua les ocurre lo mismo, que hay cambiarla con mayor frecuencia para que siempre esté fresca.

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Por otro lado, el calor, también, favorece la proliferación de parásitos tanto externos como internos, por lo que hay que desparasitarlos, sobre todo, si salen fuera de casa. Finalmente, no te pases con el aire acondicionado, ya que todos podemos acabar  resfriados, incluidos ellos.

Si bien, Canelito y Barriguito me han metido varios goles, hoy me toca la revancha, y de momento, se la he colado a los dos. Llega el buen tiempo, y las altas temperaturas, y apetece abrir la ventana. Pero, con dos gatos en casa,  y siendo muy inconscientes, rodeados de palomas, y en un tercero, no me fío de ellos, ni un pelo. Se podrían caer cazando, o más bien, jugando. Por eso, he puesto a trabajar mis pocas neuronas en encontrar un sistema de protección, que me permita disfrutar de la brisa primaveral, sin correr riesgos. Con la premisa de que la solución tiene que ser fácil, y lo más importante, barata.

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Mis persianas son de varillas,  y no de las normales, de cajón enrollables, con lo cual no puedo,ni siquiera, bajarlas del todo, y dejar que entre el aire,  a través de las rendijas. Por eso, no me quedaba más remedio que estrujarme a fondo. Tras varios intentos  fallidos, como colocar un tablón, que les impidiera el paso al balcón, y que funcionó un tiempo. Porque  cuando eran pequeñitos los frenaba, pero, cuando crecieron aprendieron a empujarlo y a tirarlo. Resultó ineficaz. De hecho, un día Canelito “El Listo” se subió al mueble más cercano y lo saltó. Menudo susto,  ya que  para colmo el balcón no tendrá más de 50 centímetros de ancho, y su suerte fue que no calculó exactamente.Tiró  la tabla, y esto  lo frenó,  no acabó en el suelo de la calle de milagro. También, probé a poner una tela metálica entre los barrotes de la barandilla.  Pero nada, de nuevo, pillé in fraganti a Canelito trepándola, con medio cuerpo fuera.

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Y por fin, parece que he encontrado la fórmula mágica, aunque, con algunos inconvenientes, como que ahora ni ellos ni  nosotros podemos salir al balcón con normalidad. Allá va, he desenrollado la persiana hasta el suelo, para evitar algún hueco que acabarán descubriendo.  He clavado algunos cancamos cerrados al marco de madera,  los cuales  he enganchado a las varillas  con  coleteros del pelo, incluso, como ya no me quedaban  con alguna presilla. Conseguido, la persiana se ha convertido en una estupenda muralla para Canelito y Barriguito, que sí bien disfrutan de la aire limpio, no pueden salir al balcón sin vigilancia. Podemos estar tranquilos. Por fortuna, nuestro piso es muy luminoso, y nos entra suficiente luz. Es más, casi siempre las persianas están agachadas, porque molestaban para ver la tele, y además, hay muy poca distancia con el bloque de enfrente, y nos gusta preservar nuestra intimidad.

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He llegado a pensar que me preocupaba en exceso por este tema. Pero, lo cierto es que hay muchos casos de gatos que accidentalmente se caen de los balcones. Es tan frecuente que los veterinarios lo llaman “el síndrome de los gatos paracaidistas”.  Así, como siempre, y recurriendo a la sabiduría popular: más vale prevenir que curar, y yo añado, que  lamentar.

Canelito y Barriguito son ya  los príncipes de casa. El Rey siempre será Pichito, su hermano mayor. Hace casi un año que nos dejo, y seguimos echándolo de menos, como el primer día. Este título se lo ganó durante los doce años que estuvo con nosotros. Muy cariñoso, con su mami y papi, pero, un gran defensor de su reino. Como alguien le cayera mal, desde luego, se enteraba. Nadie  se salvaba de un bonito tatuaje, a modo de arañazo.  De hecho, un día nos encontramos en la calle, una pequeña tortuguita que nos llevamos  a casa, y nunca supimos cómo desapareció. Gala, que era el nombre de nuestra invitada,   sufrió nada más llegar el acoso de nuestro Pichito. Cuando, nos fuimos a dormir la dejé dentro de una fiambrera con lechuga, dentro del cuarto de baño, con la puerta cerrada, porque sabía que la catástrofe se podía desatar en cualquier momento. No me equivocaba. A la mañana siguiente, encontré la puerta abierta, la fiambrera volcada y tirada en el suelo…desde entonces, Gala pasó a estar en paradero desconocido.

La buscamos, durante días le dejé comida en los rincones, por sí se había asustado, y se había escondido. Pero, nada, nunca la volvimos a ver. Barajamos distintas hipótesis. Y la más firme fue, digamos, que Gala fue inducida al suicidio. Era verano, los balcones estaban abiertos, y Pichito creemos que la ayudó. Le indicó el camino hasta la calle, empujándola por la ventana. Por eso,   nunca encontramos, tampoco, su pequeñito caparazón. A pesar de  esta anécdota y de su carácter, era y es un cielo.  Lo adoramos, y nunca lo olvidaremos.Nadie ocupará su lugar en casa.

El rey de la casa

El rey de la casa

A veces, pienso que  Canelito es su reencarnación, por ser un poco trasto, y tener un gran corazón. Es, también, un gato majestuoso, de movimientos muy ágiles,  e  inteligentes. Controlador, no se le escapa nada, y nada pasa sin ser visto por él. Es pura energía.

Canelito, el príncipe de la casa

Canelito, el príncipe de la casa

Barriguito, sin embargo,  es bastante torpecillo. Pero, al igual que Pichito le encanta vivir   con comodidad. Siempre busca el mejor sitio, cerca de la estufa, y una mano que le rasque la barriguita. Al igual, que Pichito es un gato grande, y es un gusto acariciarlo, porque está tremendo. Es un gato amoroso.

Canelito comparte principado con Barriguito

Canelito comparte principado con Barriguito

Lo mejor, es que  en nuestro reino no existen las luchas dinásticas: tan sólo se respira amor gatuno.

Amorcito gatuno

Amorcito gatuno

Barriguito y Canelito son almas libres. De eso, no tengo dudas. Tanto es así, que odian las puertas cerradas. Y a veces, no queda más remedio que trincar alguna. Fundamentalmente, porque limpiar con dos gatos en casa, puede llegar a convertirse en una pesadilla. Por ejemplo,  cuando estás fregando el suelo, te están pisando, y te van dejando un rastro de lindas huellas, o te roban el plumero para pelearse con él.

Para evitar que la limpieza doméstica sea interminable, incluso, no acaben tomando un chupito de limpiacristales  o dentro del cubo de la fregona. Nosotros los dejamos encerrados en alguna habitación.  Como ya hemos dicho son espíritus libres  que quieren salir, y empieza la serenata de maullidos para hacerte sentir mal. En definitiva, te echan la bronca para que les abras.

Cuando digo que no  quieren ver las puertas cerradas, me refiero a todas. Incluyendo la de  los armarios, ya que les mola esconderse o desordenarte la ropa.

Por supuesto, también, en la consigna de que no les gusta las puertas cerradas hay que meter la de los balcones y ventanas. De hecho, más de una vez los he pillado intentando abrirlas, y lo más sorprendente treparlas.

Ellos son así de guay. Posdata, a Canelito, tampoco, le gusta que lo echemos de la mesa del ordenador. Más que nada porque el disipador del portátil le da calorcito. Lo quitamos y lo quitamos, pero, vuelve y vuelve.